El complejo de Edipo según Joaquín Grau

Si bien es cierto que Freud, que fue quien formuló el complejo de
Edipo, dio a éste en sus explicaciones iniciales una connotación básicamente
sexual, no menos cierto es que el mismo Freud posteriormente y,
en mayor medida, Jung y Fromm después, eliminaron de ese complejo
su connotación básicamente sexual. Y todos ellos, si bien con matices
que los diferencian, acercaron ya la explicación del complejo de Edipo
a un sistema de identificaciones.Evidentemente, en el complejo de Edipo el niño no desea poseer sexualmente a su madre. Y esto resulta evidente si tenemos en cuenta los
procesos de percepción perinatal. Recordemos que la vida de todo bebé
inicia y prosigue su proceso de madurez en el útero de su madre, en
simbiosis con ésta. Y el bebé no sólo es útero con la madre, es también
canal vaginal, armonía de contracciones para nacer, es multitud de estímulos
en y con la madre durante esa eternidad sin tiempo que para el
feto suponen nueve meses. Y no sólo el bebé es en y con su madre en el
transcurso de su vida intrauterina, sino que también, ya nacido, sigue
siendo ella en ese ella que es también él en la piel de ella y en el pecho
nutricio de ella. Porque ese niño ya nacido sigue psicológicamente prendido
en la madre. Es falso que toda cría –de humano o de otros mamíferos
y de muchos no mamíferos– existe ya en sí misma y por sí misma
cuando surge al mundo extrauterino. Todos esos animales –y más la cría
humana– siguen psicológicamente unidos a la madre. Y esto porque la
madre –que ha sido útero y ahora es pecho y piel cálida– asegura la supervivencia
del bebé.
¿Qué de extraño tiene que ese bebé, que ha sido –percepción con
percepción, cuerpo con cuerpo– su madre, que ha encontrado en ella la
seguridad de su supervivencia e individualidad, quiera volver a ella ya
adulto, quiera, en definitiva, volver a su anterior identificación por imitación
y contagio?
La madre es, por un lado, el refugio, la seguridad, y, por el otro, si ha
sido una madre generadora de CATs,(CÚMULO ANALÓGICO TRAUMÁTICO) es la castradora psíquica que nos
impide ser nosotros mismos, de ahí que –por causa de CAGs(CÚMULO ANALÓGICO GRATIFICANTE) o por causa
de CATs– sean muchos los adultos que se unen en matrimonio, una
vez tras otra, con mujeres que, analógicamente, son, todas y cada una de
ellas, su madre.

(Extracto del libro Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis, de Joaquín Grau)

Medalla de Oro al Merito Humanitario otorgado por la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramon y Cajal a Transpersonal Anatheóresis.

 

El pasado 31 de mayo de 2018, fue entregada a Transpersonal Natheóresis SL la Medalla de Oro al Mérito Humanitario, otorgada por la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal, galardón recogido por Marina Sprovieri Hansen en representación de nuestro centro.

 

Sobre la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal

Esta Institución ha sido creada por grandes profesionales de la Medicina con el fin de organizar, promover, apoyar y tutelar eventos científicos y profesionales de la Medicina con el fin de organizar, promover, apoyar y tutelar eventos científicos y profesionales relacionados con el sector sanitario. La academia, presidida por la doctora Carmen Sloker de Arce, y con el doctor Javier López-Ibor como vicepresidente cuenta con Académicos de Honor, de Número y Correspondientes.

 

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En el laberinto

 laberinto1  Se lee en una de las más antiguas versiones de la mitología griega que Poseidón mandó a Minos, rey de Creta, un toro de “blancura deslumbrante” con el fin de que fuera sacrificado. Siendo esto prueba de que el Olimpo aceptaba a Minos como soberano. Pero el toro era tan hermoso y su fuerza tanta que el rey de Creta, admirado, decidió mandarlo al cuidador de rebaños para que lo utilizara como reproductor.

   Al saberlo, Poseidón, a fin de castigar a Minos, no sólo convirtió al manso toro en un peligroso animal, sino que hizo que Pasifae, esposa de Minos, se enamorara del toro y se uniera a él. Y fue de esa unión que surgió el Minotauro. Un monstruo tan peligroso y, al tiempo, de tan alta estirpe que Minos tuvo que encerrarlo en un palacio. Pero en un palacio cuya construcción encargó a Dédalo. Y este gran arquitecto erigió un palacio en forma de laberinto. El Laberinto de Cnosos.

   El Minotauro, ese terrible monstruo medio humano y medio toro, aun encerrado en el Laberinto seguía siendo un peligro que había que apaciguar con la ofrenda periódica de púberes vírgenes que el monstruo devoraba.

   Pasados los años, Teseo, hijo del olímpico Poseidón y de la mortal Etra, decidió someter al Minotauro. Y todo presagia que, aun siendo hijo de un olímpico, Teseo hubiera acabado perdido en el laberinto y finalmente devorado por el Minotauro de no haber ocurrido que Ariadna, hija de Minos se enamoró de él. Así, Ariadna, por consejo de Dédalo, dió a Teseo un ovillo para que al entrar en el Laberinto fuera soltando hilo lo que le permitiría marcar el camino, de manera que, una vez reducido el Minotauro, ese hilo haría posible que encontrara la salida. Y así fue, Teseo, por indicación de Dédalo, llegó hasta el Minotauro cuando éste estaba dormido y cogiéndolo por los cabellos lo sacó a la luz. Y la luz devolvió la mansedumbre al más temible de los monstruos mitológicos.

   El laberinto, lector, eres tú. Todo cerebro humano es un laberinto en el que habita un minotauro. Un monstruo terrible al que solemos ofrendar nuestra propia vida. Y esto porque no sabemos vencer a nuestro minotauro y salir del laberinto que somos. Solemos carecer del hilo afectivo de Ariadna que es el que nos permite transitar libremente por nuestras carencias y por nuestros daños.

   Pues bien, Anatheóresis puede dotarte de ese hilo de Ariadna. Porque su Inducción al Estado Regresivo Anatheorético (IERA) –una simple pero péculiar relajación sin pérdida de conciencia- permite ver el mundo con los ojos del sentimiento, con los ojos de los sentimientos que viviste en la gestación, el nacimiento y la infancia y que todavía predominan en ti a pesar de que ahora, adulto, posees ya un segundo cerebro, el cerebro reflexivo, mental.

   Verás, vamos a hacer una cosa. Para que mejor comprendas que los humanos, como Jano Bifronte, poseemos dos cerebros y que esos dos cerebros perciben cada uno de ellos una realidad muy distinta del otro, te voy a llevar a una caverna. Y vas a percibirla con cada uno de esos dos cerebros.

   Empecemos. Ante tí tienes una oquedad que da acceso a una caverna. Entra. Estás dentro ya y miras con tus ojos de adulto razonador. Esos ojos que miran de fuera a fuera.

   Con tu cerebro razonador, con este cerebro que confunde recuerdo con memoria –que recuerdo es memoria reflejada por espejos deformantes-, con este cerebro estás mirando el interior de una caverna. La estás mirando, no viendo, que ver es descubrir, es no saber, pero sí sentir lo que estás viendo.

   Es una oscura caverna que tú ahora estás explorando con tus ojos de mirar, esos ojos que son como una linterna. Y con su luz vas enfocando pequeñas porciones de pared, de techo. Ves oquedades, salientes, quizás también murciélagos. Y así vas recorriendo porciones de cuanto está fuera de tí y sabías ya lo que era: una caverna. De manera que tratas tan sólo de conocer cómo es esta caverna en concreto. Y esto lo deduces tras observar con la linterna unas pocas porciones de la caverna. Porque no se trata de consumir todo un año de tu vida explorando la caverna entera, palmo a palmo. Así que te limitas a interpretar cómo es la caverna utilizando las porciones de ella que has mirado. Y éste es tu conocimiento de la caverna. El conocimiento de algo que puede serte útil o no, de algo que puede gustarte más o menos, pero no de algo que puede llevarte al conocimiento empático de la caverna en que te encuentras. Al conocimiento sentido, hecho comunión, que hace de tí caverna.

   Como ves, has abierto una puerta falsa, la puerta espejo que refleja el disfraz con que has acallado el dolor sentido de todos tus sufrimientos. Has mirado sin reconocer la caverna en su auténtica realidad. Simplemente te has encontrado con algo que ya habías dado por bueno que, salvo peculiaridades, eso era. Pero, ¿era eso? ¿Solo eso?

   Entra ahora con las gafas IERA de Anatheóresis. Entra ahora con el hilo de Ariadna, con esa otra percepción que nos hace sentir, que permite vernos sin el disfraz de las falsas reflexiones con sus falsos juicios. Al entrar ves también una caverna. Pero la ves sintiéndola, no la miras, la vivencias (ver y sentir), nada sabes de la auténtica realidad de esa caverna. Ya adulto, hay memoria pero no recuerdos. Y no hay linterna que la fragmente a trocitos. Eres ritmo cerebral theta –no el ritmo beta de la fría razón- y sí, vivencias una caverna, algo que no sabes qué es ni cómo se llama, simplemente que estás ahí, en la oscuridad de algo que súbitamente se ilumina con la deslumbrante luz del sentimiento. Y sabes, porque lo sientes, que esa caverna es simbólicamente tu madre. Y eso hace que en el anatheorético IERA, puedas verla a ella y puedas verte a tí. Ahí, en la caverna. Pero verte no fuera desde fuera, sino verte en un fuera que es desde dentro a dentro de tí, sintiendo lo que sentiste en el momento de tu gestación, en que te estás viendo. Pudiendo vivenciarte en todo tu proceso de maduración perceptiva en el transcurso de tus nueve meses de gestación con tus gozos y tus sufrimientos. Algo que al sentirlo puedes comprenderlo y al comprenderlo puedes disolverlo. Porque comprenderlo es llevarlo a la luz del discernimiento. Es sincronizar tus dos cerebros, esas dos formas de ver la realidad que viven en constante pugna.

   Y esa percepción sentida es el hilo de Ariadna que te permitirá ir abriendo puertas. El que te permitirá irte despojando de disfraces. De manera tal que al llegar el Minotauro éste dejará de ser tu enemigo porque habrás comprendido que el Minotauro era un disfraz más, el más peligroso, entre los muchos con que te has protegido. Y bajo los que has tratado vanamente de ocultarte. Sin comprender que esos disfraces –como un burka- no te ocultaban de los demás, sino de tí mismo.

Joaquín Grau

 

 

La cara oculta de la enfermedad

 

¿Determinismo o libre albedrío? ¿Alguien o algo dirige nuestros pasos o somos nosotros quienes elegimos libremente nuestro propio camino?

He aquí el gran interrogante al que el humano, ya en sus albores, se sintió obligado a dar respuesta.

En el siglo V a.C. Demócrito dar fin a tan inquietante pregunta con su afirmación de que “todo lo que existe en el universo es fruto del azar y de la necesidad”. Un veredicto salomónico que ha actualizado el bioquímico celular y Premio Nobel de Fisiología y de Medicina Jacques Monod (véase su ensayo El azar y la necesidad).

Hoy la ciencia comparte esa dualidad a pesar de las voces de egregios científicos (como Albert Einstein) que se niegan a aceptar que alguien juegue con nosotros a los dados. Ante esa confrontación radical entre quienes buscando leyes naturales externas (nuestra ciencia está basada en la objetivación, en leer fuera de nosotros, no dentro) creen poder afirmar un extremo y quienes, los menos, aduciendo razones opuestas, creen poder afirmar el extremo contrario, permíteme lector que en nombre de Anatheóresis (que es una ciencia perceptiva que lee por tanto dentro y no fuera de nuestra mente, que sabe que la película que vemos en la pantalla está en el proyector y no en la pantalla), que te proponga un juego.

Te propongo que hagas un solitario. Nada más apropiado puesto que vivir (y también morir) es sentirse solo en la soledad de uno mismo.

Bien, ya tienes el mazo de cartas en las manos. Las cincuenta y dos cartas de la baraja de póker. Y lo primero que haces es barajar, algo obligado, especialmente si la baraja es nueva y las cartas están ordenadas. Se trata de mezclarlas para que no haya ya un orden conocido; se trata, en definitiva, de desordenarlas, de crear un caos del que va a salir (eso pretendes) el orden del solitario que tratas de completar.

Mezcladas ya las cartas, creado su desorden, inicias el solitario. No importa qué juego de solitario es, todos son lograr que las cartas sigan el camino adecuado para alcanzar el fin propuesto. O sea, que nos quede una sola carta en las manos, que el juego (que aquí, en este artículo es la vida) haya cumplido plenamente el objetivo que te hayas propuesto.

Y empiezas el solitario. Hay cartas vistas y cartas ocultas (vueltas hacia abajo). Y vas sacando nuevas cartas del mazo. En tanto van saliendo las primeras cartas y hasta un determinado momento del juego opinas que esas cartas van saliendo al azar. Un azar desde el que estás intentando formar un nuevo orden. Pero hay un momento en el que se te hace claro que con las cartas que no han ido encajando en el lugar adecuado y con las que quedan en el mazo va a ser posible o imposible completar el solitario. Y estas últimas cartas ya no las ves salir al azar, has pasado a tener ya la información suficiente del estado del juego como para saber que esas cartas que quedan no forman ya parte del azar sino que son algo inevitable. Algo que sabes ya completará o no el orden del solitario que estás jugando.

Y puesto que aquí estamos tratando del solitario de nuestra vida, la pregunta es: ¿Hay azar y necesidad como, en general, la ciencia afirma? ¿O se trata tan sólo de un espejismo de la estructura perceptiva dual de nuestro cerebro razonador?

Veamos: el cerebro emocional vivencia la vida de hecho en hecho, de impacto a impacto, sin argumento ni finalidad. Y siendo así no hay solitario que jugar. Porque cada momento (que no es momento en el tiempo) tiene en sí mismo su principio y su fin. Que no son principio ni fin, que esto también es tiempo, sino un simple estallido (un hecho concreto) vivenciado como totalidad.

Es por tanto el cerebro razonador el que, desde su bipolaridad (bueno-malo, alto-bajo, etc.) nos obliga a pensar en algo que empieza desordenado (que es sólo algo que ese cerebro razonador desconoce) y que debe terminar con el orden que nosotros hemos prefijado. O que, delegando nuestra vida en el concepto Dios, creemos ha sido éste quien lo ha prefijado.

Y ese es el juego de nuestra vida. Una vida que entendemos se inicia cuando salimos del útero con todas las cartas en la mano. Y creyendo que esas cartas no llevan ya un destino prefigurado. O sea, creyendo que el azar, con todas sus posibilidades, se abre libre ante nosotros. Pero no es así.

Por un lado, es un hecho que nuestros genes (algo que nos es impuesto) han empezado a dar ya un determinado orden a las cartas que esos mismo genes han barajado. Y es un hecho también que en el transcurso de nuestra vida intrauterina y en la infancia, hasta la madurez del cerebro razonador, las cartas han seguido siendo barajadas por los impactos emocionales traumáticos y gratificantes que hemos ido recibiendo pudiendo éstos modificar incluso las órdenes genéticas. Pero en la adolescencia y ya adultos no somos conscientes de que las cartas que vamos a jugar tienen ya un orden configurado. Y esto hasta el punto de que el solitario que es nuestra vida, nuestro yo, nuestra forma de ser y de comportarnos, no es cosa nuestra. De manera que ese yo (ya estructurado) tan sólo es libre de elegir aquello en lo que no está condicionado. Y más todavía: lo usual es que crea que elige libremente aquello que está condicionado a elegir. Y esto porque la mente dual considera azar todo aquello cuyo orden ignora.

Dicho de otra manera: lo que el cerebro razonador considera necesidad (o sea, destino) es sólo la exteriorización, la somatización del azar, que éste es ya destino aun cuando el cerebro razonador lo desconozca. Ganar o perder el juego del solitario (o sea, la vida) depende por tanto de quienes han mezclado las cartas, de quienes han provocado básicamente nuestros daños intrauterinos.

Así, Anatheóresis sabe que la enfermedad no es su somatización. La enfermedad no está en las ramas u hojas de un árbol, la enfermedad está en sus raíces, en la oscuridad del subsuelo, en ese lugar que la ciencia llama azar. Y Anatheóresis sabe también que sólo sanando la raíz del árbol, viendo lo que hay de necesidad en el llamado azar, es posible intentar volver a mezclar las cartas en el orden adecuado para lograr, en lo posible, que la enfermedad remita.

En definitiva, se trata de entender cómo hay que mezclar las cartas para que el solitario sea un éxito.

Que es Anathéoresis

ANATHEÓRESIS s es una terapia basada en postulados científicos ampliamente comprobados experimentalmente. Tiene sus fundamentos en los distintos ritmos cerebrales que condicionan nuestra percepción en el transcurso de nuestras fases de crecimiento, desde el momento en que somos concebidos hasta los siete a doce años, en que la frecuencia cerebral es ya de ritmos beta maduros. De ahí que ANATHEÓRESIS permita al paciente revivir las causas emocionales profundas que alimentan su enfermedad. Casi siempre daños que tienen sus raíces en el transcurso de la gestación y/o en el nacimiento. De la eficacia de ANATHEÓRESIS se ha dicho que es “la más revolucionaria aportación en la búsqueda de una nueva forma de entender la medicina”.

¿Cómo actúa ANATHEÓRESIS?

Por ser una terapia psicológica, ANATHEÓRESIS no utiliza fármacos. Se sirve tan sólo de un estado de conciencia especial denominado IERA (Inducción al Estado Regresivo Anatheorético), que equivale a una simple relajación en la que el paciente no pierde la conciencia. Por el contrario, se mantiene perfectamente lúcido, siendo en todo momento dueño de sus actos.

¿Por qué es eficaz?

El estado IERA, aun siendo una simple relajación, supone, no obstante, una inmersión a un nivel de conciencia –concretamente a 4 hertzios- que permite borrar en el enfermo –mediante el diálogo adecuado- las causas remotas y originarias de su enfermedad. De ahí que ANATHEÓRESIS no sólo sea sumamente válida en todo tipo de enfermedades, sino que también es una psicoterapia especialmente rápida.

¿Comporta algún peligro esta terapia?

En absoluto. La terapia ANATHEÓRESIS no utiliza fármacos y ni siquiera induce a una hipnosis profunda. Todo se reduce a un diálogo con vivencias que, aun reproduciendo emocionalmente los daños nucleares y los que siguieron a éstos hasta los siete a doce años, no por ello reproduce las alteraciones fisiológicas que en su día pudieron provocar esos daños. Al contrario, ANATHEÓRESIS es una terapia altamente gratificante.

¿En qué se diferencia ANATHEÓRESIS de las restantes técnicas regresivas?

ANATHEÓRESIS es una técnica regresiva en la medida en que busca en los acontecimientos traumáticos –también gratificantes- acaecidos al paciente en su fase de nonato, perinato, así como en la infancia hasta los siete a doce años, pero ANATHEÓRESIS, en el resto de su terapéutica es totalmente genuina. Y esto porque aun buceando en el pasado del paciente ANATHEÓRESIS es una terapia distinta. ANATHEÓRESIS es una terapia perceptiva. La única terapia auténticamente perceptiva existente. ANATHEÓRESIS apoya sus postulados terapéuticos en las distintas formas de percibir. Distingue especialmente la percepción analógica que corresponde al hemisferio cerebral derecho de la percepción casual que caracteriza al hemisferio cerebral izquierdo. Y tiene en cuenta que todo humano carece de esa percepción casual en su fase de nonato y no la tiene madura en la infancia. De ahí que la terapia anatheorética exija de los terapeutas una forma analógica de dialogar con el paciente. Un paciente que se encuentra en un estado peculiar. En un estado que Joaquín Grau, creador de la terapia ANATHEÓRESIS, denomina Inducción al Estado Regresivo Anatheorético (IERA), un estado en el que el paciente está simplemente relajado, en un estado en el que nunca pierde la conciencia como ocurre en una hipnosis profunda, pero en un estado en el que revive las vivencias –siempre ciertas- sufridas o disfrutadas cuando se encontraba en el claustro materno, al nacer y en la infancia, fases de la vida en que se producen los impactos que luego serán enfermedad. (Para más detalles, véase el TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS de Joaquín Grau).

¿Incide en las vidas anteriores?

ANATHEÓRESIS es una terapia basada en los más actuales principios neurológicos. En absoluto recurre a creencias que pueden o no ser ciertas, pero que no son demostrables. Es más, la técnica anatheorética muestra la no fiabilidad de cuanto se considera son pruebas de que esas vidas anteriores existen.

¿Cómo es una sesión de ANATHEÓRESIS?

Su duración no es inferior a una hora y media. Y si exceptuamos la primera sesión, en que hay una larga entrevista con el terapeuta en vigilia y luego se somete al paciente, ya en IERA, a un anatheorético Test de Grandes Símbolos con resultados altamente significativos para la marcha de la terapia, las restantes sesiones se inician con una dilatada charla paciente-terapeuta en vigilia a la que le sigue la sesión en el estado IERA, buceando en los daños del paciente para irlos disolviendo mediante estrategias propias de la terapia ANATHEÓRESIS. Por lo demás, no se trata de una terapia larga. Las sesiones son semanales y pocas veces la terapia se dilata más allá de veinte sesiones. Siendo, por el contrario, a veces menos el número de sesiones.

NAZCA A UNA NUEVA VIDA

CONOZCA SU GRADO DE DETERIORO

Porque usted, que tantas veces ha podido contemplar los rostros tensos, las miradas tristes, los cuerpos acorazados, el humor irritable de cuantos han compartido su vagón del metro o se han cruzado en la calle con usted, va a comprobar ahora, en su propio rostro, en qué medida es uno más –ojalá no lo sea– en el innumerable conjunto de personas visiblemente estresadas.

EJERCICIO 1: QUÍTESE LA MÁSCARA

Posición

a) Delante de un espejo

1. Observe la expresión de su rostro en el espejo. Mírese detenidamente. Quizás es un rostro con vida, quizás lánguido… Tome conciencia de eso.

2. Deje ahora de mirarse y relaje los músculos de la cara, deje que se aflojen lentamente, que tomen la forma que deseen. No interfiera, no haga ningún esfuerzo por reprimirles ni por ayudarles. Simplemente deje que se expresen por sí mismos. Y notará que su boca se cierra más o se entreabre, que sus ojos se adormecen o no, que sus mejillas parecen caer… Y, finalmente, su rostro ha adquirido otra expresión.

3. Mírese ahora otra vez en el espejo. Observe su auténtica expresión, la que muestra a los demás cuando olvida su máscara, en esos momentos en que va distraído: en el metro, en el autobús…

Nuestra mente, ese simio loco

Si ha hecho usted bien el anterior ejercicio lo más probable es que se haya encontrado con un rostro tenso primero y triste, amargado, asustado o perplejo, después; pero, en todo caso, desprovisto de esa luz que da un estado de plenitud gozosa, de risueña estabilidad. Ya no digo de plena felicidad, que eso escapa a nuestro control, digo simplemente que usted no posee el equilibrio emocional que la naturaleza está dispuesta a darle. Y no me diga que los otros son quienes le amargan. Que las tormentas le llegan todas de fuera, de los demás. No es así. Somos nosotros –y eso lo veremos en la segunda parte de este mismo volumen– quienes, voluntariamente, nos mantenemos en la trampa de una cultura alienante. Queremos coches que luego no sabemos dónde aparcar. Queremos estar en la cúspide de la pirámide social y profesional y agonizamos intentándolo. Y si lo alcanzamos vivimos la frustración de haber logrado nuestro nivel de incompetencia, que es el más frustrante de los niveles. Queremos vivir felices y confundimos la vida real con los conceptos; así, hablamos de riqueza, de dinero, y lo buscamos fuera de nuestras aptitudes y de nuestra vocación. Estamos confusos, tensos, expelemos agresividad, nos manteemos a la defensiva. Nuestra mente es un simio loco que ha perdido su propio árbol y salta y salta sin saber ya a qué rama agarrarse.

Comprende a tu hijo

¿Empiezas a entender ahora por qué te he preguntado si conoces a tu hijo?

Desdichadamente nosotros, los adultos, hemos sacralizado esas ondas beta que, con su capacidad de razonamiento, nos distinguen de los restantes seres del planeta. Y en nuestra soberbia no podemos aceptar que nuestro hijo se comporte a su manera infantil, tan irracionalmente. Menos todavía aceptar que cultivamos poco más que una planta, un pez o un reptil en la matriz. Y juzga- mos a nuestros hijos con la sacrosanta medida beta. Los queremos serios, inte- ligentes –entendiendo por inteligencia la del HCI–, pensativos… Los queremos adultos cuando ellos están en otros ritmos cerebrales. Y les exigimos lo que no pueden darnos. Están al otro lado de un rio que nos separa. Nosotros, los adul- tos, hemos olvidado ya esos otros mundos, esas otras realidades.

Aunque yo podría decirte que sí puedes volver, en gran medida, a esas otras realidades, que eso es lo que posibilita la inducción al estado IERA que carac- teriza a Anatheóresis. Pero prefiero que lo veas en toda su impresionante pro- fundidad en otro apartado de este libro. Ahora mejor es que simplemente tomes conciencia de que si bien es verdad que tú eres ya otro ser, terriblemente alejado perceptivamente del ser que ahora es tu hijo –esté en su fase intraute- rina o en la infancia– eso no impide que sí puedas comprenderle. Bien enten- dido que comprender no es entender.

En Anatheóresis, para una mayor claridad de conceptos, yo distingo entre entender y comprender. Considero que entender es razonar, es discernir. Una facultad beta. O sea, lo que ahora yo estoy haciendo al explicar las distintas for- mas de realidad en que vive tu hijo en su crecimiento ontogénico. Y si acepta- mos que entender es simplemente captar el sentido de mis frases, entonces sí, lo has entendido, pero sigues sin entender en el sentido de plenitud que doy a esta palabra, porque sigues viviendo en la dualidad beta, de vigilia. Sigues fuera de tu hijo. Y tu hijo ciertamente es un problema, pero no es un problema mate- mático que basta entenderlo para resolverlo.

Para entender realmente a tu hijo no basta con leer cuanto estoy escri- biendo, es preciso más. Es preciso hacerte él y esto no es ya entender, sino com- prender, porque sólo empatizando con tu hijo, utilizando la afectividad, podrás no ser él, pero sí identificarte plenamente con él, sentirle, vivirle, que tu hijo no es un problema matemático, sino un sentimiento vivo. Un ser altamente emo- cional y creativo. Un ser theta.

En un tiempo alquímico, en que se sabía distinguir entre entender y com- prender, el conocimiento era sabiduría porque se entendía que de nada servía hacer puentes si, al hacerlos, uno al tiempo no se hacía puente. Y eso era el Pontífice, el que se hacía puente para que los demás pudieran cruzar en él, por él y con él al otro lado del rio de la vida, para llevarlos, uniendo las dos orillas, de lo terreno a lo celeste. Ahora los pontífices ya no se hacen puente, ahora son simples ingenieros que hacen puentes. Conocen, pero no metabolizan ese conocimiento. No generan sabiduría. Entienden pero no comprenden.

Comprender es aprehender, abrazar por todos los lados, hacer nuestro lo otro. Y alguien considerado cínico por su capacidad de comprender –ese alguien que fue Oscar Wilde– dijo ya que todo cuanto se comprende, aun lo más abominable, pasa a ser aceptado.

Así que tú si no comprendes a tu hijo no sabrás cómo tratarle. Pero si, por el contrario, a la comprensión añades el entendimiento, si al amor añades cono- cimiento, entonces si sabrás tratarle. Y sabrás tratarle con plenitud porque tus dos cerebros no sólo estarán con él, sino que estarán también en él.